viernes, 9 de enero de 2009
La rebelión del campo, un libro para entender el conflicto entre el gobierno y el agro argentinos
Conexión Tecnológica 278
Blasina&Tardáguila Consultores Asociados
www.elagro.com
Por Carlos López Matteo
El martes, la Comisión de Enlace de Entidades Agropecuarias de Argentina postergó hasta marzo una decisión sobre el retorno a las rutas y la radicalización del conflicto que mantiene el agro de ese país con el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
"Hemos sido ignorados por muchos funcionarios, pero especialmente por el matrimonio gobernante; el vicepresidente Julio Cobos no es recibido por ningún estamento por haber votado como lo hizo el 17 de julio. ¿Qué otra cosa que no sea vengarse está haciendo el gobierno?", dijo el presidente de Confederaciones Rurales Argentinas, Mario Llambías, según el diario La Nación. "Hay un vacío inexplicable, nos sentimos discriminados e ignorados", sostuvo Alejandro Delfino, vicepresidente de la Sociedad Rural. "Tenemos que ser muy responsables en lo que hacemos y vamos a seguir bregando por esa gran mesa de discusión y debate que se nos ha venido negando", remató el vicepresidente de la Federación Agraria, Pablo Orsolini.
La decisión descomprime por algunas semanas la posibilidad de que el diferendo vuelva alcanzar la intensidad que tuvo el año pasado, como querían los sectores más radicales del campo argentino, pero es una reiteración de que el problema no está resuelto, ni mucho menos.
Con una mirada uruguaya es difícil entender los extremos a los que se ha llegado en el vecino país, en particular por las diferentes vías institucionales que se manejan en ambas márgenes de los ríos limítrofes para zanjar las diferencias y llegar a acuerdos.
Para ayudar a entender el tema, tanto en las grandes urbes argentinas, alejadas de los problemas del campo, como en Uruguay, resulta muy útil un libro que tuvo muy buena acogida del otro lado del charco y que ahora comienza a venderse aquí. Se trata de La rebelión del campo, editado por Sudamericana, cuyos autores son Osvaldo Barsky y Mabel Dávila.
Barsky es magíster en sociología rural, investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, docente de posgrados de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y otras universidades argentinas, consultor de organismos internacionales y autor de numerosas publicaciones sobre el agro de su país y el latinoamericano. Dávila, por su parte, es una ingeniera agrónoma uruguaya radicada en Argentina, magíster en ciencias sociales con estudios en agronegocios, docente de posgrados en la FLACSO y otras universidades argentinas y extranjeras, y es autora de diversas obras sobre el comercio internacional agrícola, la tecnología y la educación agraria; además, integra el Área de Estudios Agrarios de la Universidad de Belgrano.
La rebelión del campo
El libro de Barsky y Dávila, por lejos el que mayor suceso ha tenido entre los tres que aparecieron en Argentina sobre este tema, tiene el gran mérito de su objetividad, pues va planteando el análisis en base a hechos indiscutibles, y las opiniones que se dan, en su justa medida, surgen sólidas e incontrastables del relato de esos mismos hechos. Además, los autores rechazan los radicalismos que se dieron por ambas partes y apuntan a la racionalidad y al diálogo; sin perjuicio de lo anterior, se deduce que responsabilizan en mayor medida al gobierno del matrimonio K, puesto que también son mayores su relevancia y su papel en la vida y el desarrollo del país.
En este sentido, en la Introducción se afirma: “Específicamente, en relación con la situación agraria, la responsabilidad esencial comienza por el rol del Estado y las políticas públicas, y por la imperiosa necesidad de construir gestiones institucionales de calidad técnica adecuada; pero las organizaciones agrarias de distinta naturaleza tienen un desafío enorme por transformar sus tradicionales políticas de resistencia a impuestos y reclamos fragmentarios y parciales, en aportes integrales que contemplen necesariamente los intereses del conjunto de la sociedad”. Y así como se critican las “provocaciones” del piquetero kirchnerista Luis D’Elía, también se censuran los “escraches” realizados por rurales ante los domicilios de legisladores oficialistas.
Pero para el lector que busque entender el conflicto en todas sus vertientes, el gran mérito de La rebelión del campo es la contextualización que brinda. La explicación de las grandes transformaciones que ha tenido el agro argentino, desde el siglo XIX en lo que se refiere a la institucionalidad, y en especial desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en el plano productivo, conduce ágilmente al lector a través de un proceso complejo que ofrece el casi permanente divorcio entre las autoridades y el campo. Así, hasta llegar a las grandes transformaciones estructurales de los últimos años: los avances tecnológicos, los nuevos actores (contratistas, pools de siembra, rentistas), la integración en todos los planos que se da entre los productores y los habitantes de ciudades y pueblos del interior, la heterogeneidad productiva, económica y social del agro, y las nuevas formas de asociación entre el capital y la tierra.
En este último plano, el libro rompe mitos que han sido usados por el gobierno y algunos intereses ideológicos, entre ellos el referido a la concentración de la propiedad de la tierra: con cifras de fuentes insospechadas, se demuestra que no es tal, sino que lo que ha ocurrido es una concentración de la producción a través de sistemas como el arrendamiento, la medianería o acuerdos con los contratistas de maquinarias, entre otras formas posibles.
Particularmente interesante e ilustrativo de las dificultades que tiene el agro para dialogar con el gobierno es el capítulo titulado “La soja no es un yuyo”. La oposición a la oleaginosa fue uno de los caballitos de batalla del matrimonio K durante el conflicto, y la presidenta, en uno de sus discursos, dijo textualmente el 31 de marzo de 2008: “El otro día charlaba con alguien y me decía que la soja es, en términos científicos, prácticamente un yuyo que crece sin ningún tipo, digamos, de cuidados especiales”.
Los autores refutan esta ligereza, hacen una historia del cultivo, reseñan los avances tecnológicos, sobre todo con los transgénicos y el glifosato, y desmienten, con datos concretos, que la expansión de la soja haya afectado significativamente otros cultivos y puesto en peligro el abastecimiento de alimentos al pueblo argentino.
En otros capítulos se explican la expansión productiva del agro pampeano, los sujetos sociales, los cambios en los mercados mundiales de alimentos, el tema de las retenciones que hizo eclosionar un conflicto latente desde tiempo atrás, el deterioro de la institucionalidad agraria oficial, los desafíos hacia el futuro, conclusiones y cuadros estadísticos.
Cabe destacar el capítulo dedicado a la cronología del conflicto, de marzo a julio del año pasado, que en La rebelión del campo difiere de las habituales, que sólo marcan fechas y un hecho concreto, en a lo sumo dos o tres líneas. En este caso, la cronología ocupa 92 páginas, porque casi día a día se mencionan los acontecimientos, pero también el contexto en el que se producen, las repercusiones a todo nivel y las reacciones de las partes. En este sentido, este capítulo constituye uno de los aspectos más interesantes de la obra, tanto por servir de ayuda memoria, como por el aporte que realiza a la comprensión del desarrollo del largo diferendo.
Lo que vendrá
Dávila, quien en estos días combina en Montevideo vacaciones con trabajo, dijo a Conexión Tecnológic@ que “el conflicto quedó latente, en medio de una situación muy compleja”. La ingeniera agrónoma uruguaya no se atreve a pronosticar un desenlace por la multiplicidad de factores que lo condicionan: el diálogo interrumpido, la crisis internacional que modificó sustancialmente la situación imperante entre marzo y julio, la sequía que también afecta a amplias zonas de Argentina, y el hecho de que 2009 sea un año de elecciones de mitad de período, entre los principales.
La experta mencionó las versiones que hablan de la formación de un partido rural o agrario, o de la posibilidad de que algunos líderes de las gremiales agropecuarias se presenten como candidatos a diputados con la intención de incidir en el Parlamento.
Al respecto, el 3 de este mes el diario Clarín le hizo una entrevista a Eduardo Buzzi, presidente de la Federación Agraria y uno de los rostros más visibles del conflicto. Lo siguiente es parte del diálogo entre el dirigente y el periodista:
“¿Así que podría ser candidato?
“No lo descarto pero tampoco lo afirmo. Sí puedo decir que voy a hacer todo lo posible para que haya gente de la Federación Agraria compitiendo en diferentes provincias. Nuestra responsabilidad es instalar en las opciones electorales los contenidos que pudimos sostener en las rutas. Hay que hablar del problema agropecuario y lograr que los diferentes partidos digan cómo lo van a resolver.
“¿Pero a usted siempre le picó el bichito de la política?
“Todo gremialista o sindicalista tiene vocación política. Todos venimos con una ideología y formación. Pero yo tengo un estricto y profundo sentido de pertenencia. Y no existo si no es por el gremio a que pertenezco. Buzzi no existe si no es por el apellido de casado: Buzzi, de Federación Agraria.
“¡Qué vueltero! ¿Entonces?
“Entonces no descarto una candidatura en 2009, pero no será una decisión individual. Si no hay consenso entre los federados, no seré candidato a nada. Me considero joven todavía para suicidarme. Y además hay que ver candidato con quién. No perdería la coherencia ideológica. Uno no puede ir de una cuneta a la otra. Y yo pertenezco al campo popular.
“La decisión de competir electoralmente, ¿tiene que ver con que las entidades del campo siguen sin diálogo con el Gobierno?
“No mezclemos las cosas. Cuando se oficialice alguna candidatura será ese ciudadano el que la asuma. Pero la Federación Agraria seguirá siendo una organización capaz de oponerse a las políticas de los radicales en una provincia y a las de los peronistas en otra, si van en contra de los productores. Y si no hay una contraparte en el gobierno, es porque el gobierno no quiere. ¡Que se dejen de jorobar con eso del partido agrario nacional! Somos y seremos entidades rurales”.
Al calor del verano
En medio de las altas temperaturas veraniegas, los movimientos de las partes se parecen a una partida de ajedrez, pero carente de sutilezas. Buzzi, en la entrevista citada, afirma que el campo no quiere confrontar con el gobierno, pero formula una advertencia inquietante: “(…) en tanto no exista negociación estamos peleando contra sombras, y esto habilita un nuevo conflicto. Mucha gente dice que la única manera para que se nos escuche es salir a hacer quilombo. Pero hay que ser muy cuidadoso: el desenlace no será bueno y hasta puede ser que aparezcan los muertos que pudimos evitar en el conflicto anterior. La gente sabe qué se juega, no volverá a la casa a cambio de nada. Hay que evitar el conflicto”. (El destacado es de Conexión Tecnológic@).
La advertencia es un reflejo de las tensiones que existen en el sector rural, porque había grupos de dirigentes radicalizados que querían nuevos cortes de rutas ya. Con la postergación a marzo de una decisión parecen haber triunfado, momentáneamente, los moderados.
El diario La Nación, en su crónica del miércoles sobre la reunión de la Comisión de Enlace, no cree que “no molestar a los turistas” sea la verdadera causa de la postergación, como dijeron algunos dirigentes. “Entre los ruralistas —dice el rotativo— prevalece la idea de que en dos meses habrá una explosión de reclamos sectoriales y salariales y que es mejor no adelantarse. Más aún en un año electoral en el que el agro espera poder jugar sus cartas.
“‘Cuando los empleados de los frigoríficos y de las fábricas de maquinaria vuelvan de las vacaciones van a empezar a recibir los telegramas de despido. Y el transporte de granos también tendrá menos trabajo por la menor cosecha y la resistencia de los chacareros a vender hasta que los precios no suban. El incremento de los peajes, de la electricidad y del transporte público hará el resto’, especulaba anoche un ruralista”.
Otros analistas argentinos también mencionan que los dirigentes agrarios tienen plena conciencia de que difícilmente una movilización que afecte el abastecimiento de alimentos a la población tenga el respaldo popular logrado el año pasado: la situación es diferente, la gente centra su interés en la crisis internacional y sus consecuencias locales, y los cortes de ruta no serían bien recibidos.
Las contradicciones también se extienden al gobierno, respecto al cual, desde hace varias semanas, se dice que está dividido entre “halcones” y “palomas”. Una de éstas sería el jefe de Gabinete, Sergio Massa, quien el 2 del corriente mes criticó las “desinteligencias” que hubo en el gobierno durante las negociaciones con los ruralistas, y destacó que el voto del vicepresidente Julio Cobos contra las retenciones aprobadas por el Poder Ejecutivo “descomprimió el conflicto”. Los rumores acerca de una próxima remoción de Massa se acentuaron tras estas declaraciones.
Mientras tanto, los “halcones”, a los que se les atribuye seguir fielmente las orientaciones del ex presidente Néstor Kirchner, también hacen su juego. Así, un incondicional del presidente consorte, Ricardo Echegaray, fue designado al frente de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), el equivalente argentino a la DGI uruguaya. Echegaray deja la presidencia de la Oficina Nacional de Control Comercial Agropecuario (ONCCA), cargo desde el que tuvo severos enfrentamientos con los ruralistas. Según versiones periodísticas, la misión que Kirchner encomendó a Echegaray es controlar estrictamente si el sector agropecuario cumple con sus obligaciones impositivas.
En la entrevista mencionada, Buzzi sostuvo que la designación de Echegaray “es una reafirmación de la línea dura, y es darle más artillería al más eficaz ejecutor de las órdenes de Olivos. La ONCCA no te puede mandar en cana; la AFIP sí”.
Como queriendo irritar al campo con otro tema sensible, las restricciones que impone el gobierno a las exportaciones de carne, la ONCCA informó esta semana que en 2008 se autorizaron embarques por 846 mil toneladas.
De inmediato, Confederaciones Rurales Argentinas pidió a la ONCCA “no falsear la realidad”, puesto que las cifras de Aduanas y del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria indican que las exportaciones de carne apenas llegaron a menos de la mitad: 400 mil toneladas.
Así planteadas las cosas, y salvando las distancias, el conflicto agrario argentino recuerda al problema entre israelíes y palestinos: no hay diálogo, y a una acción de una de las partes sigue la reacción de la otra.
Mientras tanto, el prestigioso técnico Carlos Cheppi, secretario de Agricultura, se debate en la soledad y la ineficacia que le imponen la debilidad institucional de su cartera y el círculo más cercano al matrimonio K. Es un “paloma” con las alas cortadas.
Todo indica que el año que comienza brindará a Barsky y Dávila posibilidades de un nuevo éxito editorial.
Publicado por Blasina&Tardáguila Consultores Asociados 9/1/9
Blasina&Tardáguila Consultores Asociados
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Por Carlos López Matteo
El martes, la Comisión de Enlace de Entidades Agropecuarias de Argentina postergó hasta marzo una decisión sobre el retorno a las rutas y la radicalización del conflicto que mantiene el agro de ese país con el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
"Hemos sido ignorados por muchos funcionarios, pero especialmente por el matrimonio gobernante; el vicepresidente Julio Cobos no es recibido por ningún estamento por haber votado como lo hizo el 17 de julio. ¿Qué otra cosa que no sea vengarse está haciendo el gobierno?", dijo el presidente de Confederaciones Rurales Argentinas, Mario Llambías, según el diario La Nación. "Hay un vacío inexplicable, nos sentimos discriminados e ignorados", sostuvo Alejandro Delfino, vicepresidente de la Sociedad Rural. "Tenemos que ser muy responsables en lo que hacemos y vamos a seguir bregando por esa gran mesa de discusión y debate que se nos ha venido negando", remató el vicepresidente de la Federación Agraria, Pablo Orsolini.
La decisión descomprime por algunas semanas la posibilidad de que el diferendo vuelva alcanzar la intensidad que tuvo el año pasado, como querían los sectores más radicales del campo argentino, pero es una reiteración de que el problema no está resuelto, ni mucho menos.
Con una mirada uruguaya es difícil entender los extremos a los que se ha llegado en el vecino país, en particular por las diferentes vías institucionales que se manejan en ambas márgenes de los ríos limítrofes para zanjar las diferencias y llegar a acuerdos.
Para ayudar a entender el tema, tanto en las grandes urbes argentinas, alejadas de los problemas del campo, como en Uruguay, resulta muy útil un libro que tuvo muy buena acogida del otro lado del charco y que ahora comienza a venderse aquí. Se trata de La rebelión del campo, editado por Sudamericana, cuyos autores son Osvaldo Barsky y Mabel Dávila.
Barsky es magíster en sociología rural, investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, docente de posgrados de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y otras universidades argentinas, consultor de organismos internacionales y autor de numerosas publicaciones sobre el agro de su país y el latinoamericano. Dávila, por su parte, es una ingeniera agrónoma uruguaya radicada en Argentina, magíster en ciencias sociales con estudios en agronegocios, docente de posgrados en la FLACSO y otras universidades argentinas y extranjeras, y es autora de diversas obras sobre el comercio internacional agrícola, la tecnología y la educación agraria; además, integra el Área de Estudios Agrarios de la Universidad de Belgrano.
La rebelión del campo
El libro de Barsky y Dávila, por lejos el que mayor suceso ha tenido entre los tres que aparecieron en Argentina sobre este tema, tiene el gran mérito de su objetividad, pues va planteando el análisis en base a hechos indiscutibles, y las opiniones que se dan, en su justa medida, surgen sólidas e incontrastables del relato de esos mismos hechos. Además, los autores rechazan los radicalismos que se dieron por ambas partes y apuntan a la racionalidad y al diálogo; sin perjuicio de lo anterior, se deduce que responsabilizan en mayor medida al gobierno del matrimonio K, puesto que también son mayores su relevancia y su papel en la vida y el desarrollo del país.
En este sentido, en la Introducción se afirma: “Específicamente, en relación con la situación agraria, la responsabilidad esencial comienza por el rol del Estado y las políticas públicas, y por la imperiosa necesidad de construir gestiones institucionales de calidad técnica adecuada; pero las organizaciones agrarias de distinta naturaleza tienen un desafío enorme por transformar sus tradicionales políticas de resistencia a impuestos y reclamos fragmentarios y parciales, en aportes integrales que contemplen necesariamente los intereses del conjunto de la sociedad”. Y así como se critican las “provocaciones” del piquetero kirchnerista Luis D’Elía, también se censuran los “escraches” realizados por rurales ante los domicilios de legisladores oficialistas.
Pero para el lector que busque entender el conflicto en todas sus vertientes, el gran mérito de La rebelión del campo es la contextualización que brinda. La explicación de las grandes transformaciones que ha tenido el agro argentino, desde el siglo XIX en lo que se refiere a la institucionalidad, y en especial desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en el plano productivo, conduce ágilmente al lector a través de un proceso complejo que ofrece el casi permanente divorcio entre las autoridades y el campo. Así, hasta llegar a las grandes transformaciones estructurales de los últimos años: los avances tecnológicos, los nuevos actores (contratistas, pools de siembra, rentistas), la integración en todos los planos que se da entre los productores y los habitantes de ciudades y pueblos del interior, la heterogeneidad productiva, económica y social del agro, y las nuevas formas de asociación entre el capital y la tierra.
En este último plano, el libro rompe mitos que han sido usados por el gobierno y algunos intereses ideológicos, entre ellos el referido a la concentración de la propiedad de la tierra: con cifras de fuentes insospechadas, se demuestra que no es tal, sino que lo que ha ocurrido es una concentración de la producción a través de sistemas como el arrendamiento, la medianería o acuerdos con los contratistas de maquinarias, entre otras formas posibles.
Particularmente interesante e ilustrativo de las dificultades que tiene el agro para dialogar con el gobierno es el capítulo titulado “La soja no es un yuyo”. La oposición a la oleaginosa fue uno de los caballitos de batalla del matrimonio K durante el conflicto, y la presidenta, en uno de sus discursos, dijo textualmente el 31 de marzo de 2008: “El otro día charlaba con alguien y me decía que la soja es, en términos científicos, prácticamente un yuyo que crece sin ningún tipo, digamos, de cuidados especiales”.
Los autores refutan esta ligereza, hacen una historia del cultivo, reseñan los avances tecnológicos, sobre todo con los transgénicos y el glifosato, y desmienten, con datos concretos, que la expansión de la soja haya afectado significativamente otros cultivos y puesto en peligro el abastecimiento de alimentos al pueblo argentino.
En otros capítulos se explican la expansión productiva del agro pampeano, los sujetos sociales, los cambios en los mercados mundiales de alimentos, el tema de las retenciones que hizo eclosionar un conflicto latente desde tiempo atrás, el deterioro de la institucionalidad agraria oficial, los desafíos hacia el futuro, conclusiones y cuadros estadísticos.
Cabe destacar el capítulo dedicado a la cronología del conflicto, de marzo a julio del año pasado, que en La rebelión del campo difiere de las habituales, que sólo marcan fechas y un hecho concreto, en a lo sumo dos o tres líneas. En este caso, la cronología ocupa 92 páginas, porque casi día a día se mencionan los acontecimientos, pero también el contexto en el que se producen, las repercusiones a todo nivel y las reacciones de las partes. En este sentido, este capítulo constituye uno de los aspectos más interesantes de la obra, tanto por servir de ayuda memoria, como por el aporte que realiza a la comprensión del desarrollo del largo diferendo.
Lo que vendrá
Dávila, quien en estos días combina en Montevideo vacaciones con trabajo, dijo a Conexión Tecnológic@ que “el conflicto quedó latente, en medio de una situación muy compleja”. La ingeniera agrónoma uruguaya no se atreve a pronosticar un desenlace por la multiplicidad de factores que lo condicionan: el diálogo interrumpido, la crisis internacional que modificó sustancialmente la situación imperante entre marzo y julio, la sequía que también afecta a amplias zonas de Argentina, y el hecho de que 2009 sea un año de elecciones de mitad de período, entre los principales.
La experta mencionó las versiones que hablan de la formación de un partido rural o agrario, o de la posibilidad de que algunos líderes de las gremiales agropecuarias se presenten como candidatos a diputados con la intención de incidir en el Parlamento.
Al respecto, el 3 de este mes el diario Clarín le hizo una entrevista a Eduardo Buzzi, presidente de la Federación Agraria y uno de los rostros más visibles del conflicto. Lo siguiente es parte del diálogo entre el dirigente y el periodista:
“¿Así que podría ser candidato?
“No lo descarto pero tampoco lo afirmo. Sí puedo decir que voy a hacer todo lo posible para que haya gente de la Federación Agraria compitiendo en diferentes provincias. Nuestra responsabilidad es instalar en las opciones electorales los contenidos que pudimos sostener en las rutas. Hay que hablar del problema agropecuario y lograr que los diferentes partidos digan cómo lo van a resolver.
“¿Pero a usted siempre le picó el bichito de la política?
“Todo gremialista o sindicalista tiene vocación política. Todos venimos con una ideología y formación. Pero yo tengo un estricto y profundo sentido de pertenencia. Y no existo si no es por el gremio a que pertenezco. Buzzi no existe si no es por el apellido de casado: Buzzi, de Federación Agraria.
“¡Qué vueltero! ¿Entonces?
“Entonces no descarto una candidatura en 2009, pero no será una decisión individual. Si no hay consenso entre los federados, no seré candidato a nada. Me considero joven todavía para suicidarme. Y además hay que ver candidato con quién. No perdería la coherencia ideológica. Uno no puede ir de una cuneta a la otra. Y yo pertenezco al campo popular.
“La decisión de competir electoralmente, ¿tiene que ver con que las entidades del campo siguen sin diálogo con el Gobierno?
“No mezclemos las cosas. Cuando se oficialice alguna candidatura será ese ciudadano el que la asuma. Pero la Federación Agraria seguirá siendo una organización capaz de oponerse a las políticas de los radicales en una provincia y a las de los peronistas en otra, si van en contra de los productores. Y si no hay una contraparte en el gobierno, es porque el gobierno no quiere. ¡Que se dejen de jorobar con eso del partido agrario nacional! Somos y seremos entidades rurales”.
Al calor del verano
En medio de las altas temperaturas veraniegas, los movimientos de las partes se parecen a una partida de ajedrez, pero carente de sutilezas. Buzzi, en la entrevista citada, afirma que el campo no quiere confrontar con el gobierno, pero formula una advertencia inquietante: “(…) en tanto no exista negociación estamos peleando contra sombras, y esto habilita un nuevo conflicto. Mucha gente dice que la única manera para que se nos escuche es salir a hacer quilombo. Pero hay que ser muy cuidadoso: el desenlace no será bueno y hasta puede ser que aparezcan los muertos que pudimos evitar en el conflicto anterior. La gente sabe qué se juega, no volverá a la casa a cambio de nada. Hay que evitar el conflicto”. (El destacado es de Conexión Tecnológic@).
La advertencia es un reflejo de las tensiones que existen en el sector rural, porque había grupos de dirigentes radicalizados que querían nuevos cortes de rutas ya. Con la postergación a marzo de una decisión parecen haber triunfado, momentáneamente, los moderados.
El diario La Nación, en su crónica del miércoles sobre la reunión de la Comisión de Enlace, no cree que “no molestar a los turistas” sea la verdadera causa de la postergación, como dijeron algunos dirigentes. “Entre los ruralistas —dice el rotativo— prevalece la idea de que en dos meses habrá una explosión de reclamos sectoriales y salariales y que es mejor no adelantarse. Más aún en un año electoral en el que el agro espera poder jugar sus cartas.
“‘Cuando los empleados de los frigoríficos y de las fábricas de maquinaria vuelvan de las vacaciones van a empezar a recibir los telegramas de despido. Y el transporte de granos también tendrá menos trabajo por la menor cosecha y la resistencia de los chacareros a vender hasta que los precios no suban. El incremento de los peajes, de la electricidad y del transporte público hará el resto’, especulaba anoche un ruralista”.
Otros analistas argentinos también mencionan que los dirigentes agrarios tienen plena conciencia de que difícilmente una movilización que afecte el abastecimiento de alimentos a la población tenga el respaldo popular logrado el año pasado: la situación es diferente, la gente centra su interés en la crisis internacional y sus consecuencias locales, y los cortes de ruta no serían bien recibidos.
Las contradicciones también se extienden al gobierno, respecto al cual, desde hace varias semanas, se dice que está dividido entre “halcones” y “palomas”. Una de éstas sería el jefe de Gabinete, Sergio Massa, quien el 2 del corriente mes criticó las “desinteligencias” que hubo en el gobierno durante las negociaciones con los ruralistas, y destacó que el voto del vicepresidente Julio Cobos contra las retenciones aprobadas por el Poder Ejecutivo “descomprimió el conflicto”. Los rumores acerca de una próxima remoción de Massa se acentuaron tras estas declaraciones.
Mientras tanto, los “halcones”, a los que se les atribuye seguir fielmente las orientaciones del ex presidente Néstor Kirchner, también hacen su juego. Así, un incondicional del presidente consorte, Ricardo Echegaray, fue designado al frente de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), el equivalente argentino a la DGI uruguaya. Echegaray deja la presidencia de la Oficina Nacional de Control Comercial Agropecuario (ONCCA), cargo desde el que tuvo severos enfrentamientos con los ruralistas. Según versiones periodísticas, la misión que Kirchner encomendó a Echegaray es controlar estrictamente si el sector agropecuario cumple con sus obligaciones impositivas.
En la entrevista mencionada, Buzzi sostuvo que la designación de Echegaray “es una reafirmación de la línea dura, y es darle más artillería al más eficaz ejecutor de las órdenes de Olivos. La ONCCA no te puede mandar en cana; la AFIP sí”.
Como queriendo irritar al campo con otro tema sensible, las restricciones que impone el gobierno a las exportaciones de carne, la ONCCA informó esta semana que en 2008 se autorizaron embarques por 846 mil toneladas.
De inmediato, Confederaciones Rurales Argentinas pidió a la ONCCA “no falsear la realidad”, puesto que las cifras de Aduanas y del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria indican que las exportaciones de carne apenas llegaron a menos de la mitad: 400 mil toneladas.
Así planteadas las cosas, y salvando las distancias, el conflicto agrario argentino recuerda al problema entre israelíes y palestinos: no hay diálogo, y a una acción de una de las partes sigue la reacción de la otra.
Mientras tanto, el prestigioso técnico Carlos Cheppi, secretario de Agricultura, se debate en la soledad y la ineficacia que le imponen la debilidad institucional de su cartera y el círculo más cercano al matrimonio K. Es un “paloma” con las alas cortadas.
Todo indica que el año que comienza brindará a Barsky y Dávila posibilidades de un nuevo éxito editorial.
Publicado por Blasina&Tardáguila Consultores Asociados 9/1/9
domingo, 28 de diciembre de 2008
Conflicto entre gobierno y agro está latente en Argentina
Pedro Silva
De la Redacción de El Observador
“Este no es el primer conflicto entre un gobierno argentino y el sector agropecuario pero por su duración y magnitud es considerado el más importante”, dijo a El Observador Agropecuario Mabel Dávila, una de las autoras de La rebelión del campo.
Agregó que “fueron cuatro meses de conflictividad que involucraron una gran movilización social en la que participaron amplios sectores de la sociedad argentina
históricamente ajenos a este tipo de problemas. Todo el conflicto agrario, pero en especial la primera etapa, se caracterizó por una gran confusión, desinformación
y un gran desconocimiento sobre las problemáticas agrarias”.
La sociedad se fue involucrando, “de manera tal que este conflicto tiene, entre otras consecuencias relevantes, la de darle una centralidad al sector agropecuario
y su problemática. Esta trascendencia genera una gran demanda de conocimiento de todos esos aspectos por parte del conjunto de la sociedad”, dijo Dávila.
La ingeniera agrónoma uruguaya Mabel Dávila, quien acaba de publicar junto a Osvaldo Barsky, magíster argentino en Sociología Rural, el libro La rebelión del campo. Historia del conflicto agrario argentino, dijo a El Observador Agropecuario que en la actualidad la situación en el vecino país “es realmente complicada, en particular para algunos sectores”. “La crisis financiera internacional y sus efectos, entre estos, la baja en los precios internacionales de las materias primas, a los que se suman los problemas climáticos y, en algunos productos, las restricciones a las exportaciones y los controles de precios, determinan un importante desestímulo a la producción”.
La rebelión del campo, un libro de 346 páginas editado por Sudamericana, que incluye cuadros estadísticos con la evolución de siembra, producción y precios, ya está a venta en Uruguay.
Dávila recordó que “la falta de un plan integral para el sector con políticas de estímulo para las distintas cadenas contribuyó al avance de la soja en Argentina. Esta falta de políticas agrarias tiene su explicación en un deterioro de la institucionalidad agraria, un papel cada vez más secundario de la Secretaría de Agricultura que va ocupando la Secretaría de Comercio Interior”.
La experta dijo que “uno de los fundamentos para el esquema de retenciones móviles fue que iba a detener la ‘sojización’”, pero advirtió que “no se puede hacer política
agraria exclusivamente a través de instrumentos de política económica. Se requieren estímulos a otras producciones, políticas agrarias basadas en estadísticas confiables, políticas comerciales que incentiven la producción, no que la distorsionen, políticas ambientales, política científica y tecnológica, políticas de desarrollo rural. Esto no se ha resuelto y determina, ante un contexto más complicado, que el conflicto esté latente”.
Por otra parte, Dávila remarcó que “hay una crisis en la producción de cereales por el efecto de los factores mencionados que hoy es reconocida por el gobierno que acaba
de implementar un paquete de medidas para estimular su producción. La próxima cosecha de trigo apenas llegaría a los 9 millones de toneladas y será la peor en más de una década, mientras que la soja ocupará una superficie récord con más de 17 millones de hectáreas”.
Agregó que “las medidas anunciadas por el gobierno, con el fin de atenuar los efectos de la crisis económica internacional, son consideradas insuficientes por los dirigentes agropecuarios. Después de unos meses de desmovilización social, el sector está promoviendo nuevas acciones. El año próximo las tensiones parecería que van a
continuar y probablemente se acentúen dado que es un año electoral, y el tema se ha vuelto central para la campaña”.
RESEÑA. Dávila recordó que “el conflicto agrario arrancó en marzo con la reglamentación de la Resolución 125 que establecía un nuevo esquema de retenciones –derechos de exportación– móviles a los principales granos y sus derivados por los siguientes cuatro años. Con la movilidad, las retenciones aumentarían al subir los precios de los granos y disminuirían cuando éstos bajaran”.
Agregó que “se manejaron varios argumentos para justificar este incremento, y el principal fue el importante aumento de los precios internacionales de los commodities
que permitía muy altos niveles de rentabilidad para los productores”.
Tras señalar que “apenas anunciada la Resolución 125, las entidades rurales se opusieron y llamaron a los productores a movilizarse”, dando inicio así a un conflicto que duró cuatro meses, Dávila recordó que “un aspecto que no consideró esta propuesta fue que los resultados económicos de las empresas no dependen exclusivamente del precio que recibe el productor sino que también inciden los costos. Y si bien, en ese caso para maíz, soja y girasol la mayoría de los costos se habían incurrido en la siembra en el último trimestre de 2007 y eran más que compensados con el aumento de los precios de los granos, se estaba planteando un esquema de retenciones por cuatro años, en un contexto en el que aumentaban los precios de los productos pero también los costos. Esto generaba un futuro de gran incertidumbre, dado que las alícuotas se ajustaban por precio de producto pero no por costos de producción”.
Por otra parte, “el esquema no se basó en un diagnóstico adecuado que considerara las diferencias entre productores. No todos tenían tan buenas rentabilidades, sino que depende de las condiciones de producción, la tecnología utilizada, el tipo de suelo, el tamaño del establecimiento, la gestión, la distancia y por lo tanto el costo del flete, entre otros varios aspectos. En medio del conflicto el gobierno fue estableciendo modificaciones al esquema inicial de retenciones móviles que tuvieron
en cuenta estos problemas y trataron de corregirlos”, acotó.
Y agregó que “otro problema lo planteaba el esquema de retenciones en sí mismo dado que tenían un piso de 23,5%, es decir, a precios mínimos tenían que pagar igual. Y
cuando los precios aumentaban el porcentaje de ese aumento que se quedaba el Estado era creciente”.
Dávila remarcó que “las retenciones son un instrumento fiscal y al mismo tiempo de desacople de los precios. Constituyen una vía para que el aumento de precios internacionales tenga menor repercusión sobre los precios internos, beneficiando así a los consumidores” y agregó que “ante el aumento de precios de los alimentos a principios de 2008 varios países instrumentaron medidas para contrarrestar
los efectos sobre sus mercados internos”.
El desarrollo del sector“Los cambios que experimentó el campo argentino no son recientes, sino que se originan varias décadas atrás”, dijo a El Observador Agropecuario Mabel Dávila.
“Desde la década de 1960 el desarrollo tecnológico en el agro viene promoviendo una serie de transformaciones a nivel productivo y social. Se fue generando una intensificación y expansión de la agricultura con un notable incremento de la producción de cereales y oleaginosas. En la década de 1980 promedió los 35 millones de toneladas, tuvo un crecimiento importante en 1990 superando los 64 millones de toneladas al final de esa década, y a partir de 2000 continúa el crecimiento, que en la última campaña superó los 96 millones de toneladas”, dijo. Si bien “la producción de carne no registra mayores avances desde la década de 1980, hay una gran expansión de la lechería”, acotó.
Publicado en El Observador Agropecuario 26/12/2008
De la Redacción de El Observador
“Este no es el primer conflicto entre un gobierno argentino y el sector agropecuario pero por su duración y magnitud es considerado el más importante”, dijo a El Observador Agropecuario Mabel Dávila, una de las autoras de La rebelión del campo.
Agregó que “fueron cuatro meses de conflictividad que involucraron una gran movilización social en la que participaron amplios sectores de la sociedad argentina
históricamente ajenos a este tipo de problemas. Todo el conflicto agrario, pero en especial la primera etapa, se caracterizó por una gran confusión, desinformación
y un gran desconocimiento sobre las problemáticas agrarias”.
La sociedad se fue involucrando, “de manera tal que este conflicto tiene, entre otras consecuencias relevantes, la de darle una centralidad al sector agropecuario
y su problemática. Esta trascendencia genera una gran demanda de conocimiento de todos esos aspectos por parte del conjunto de la sociedad”, dijo Dávila.
La ingeniera agrónoma uruguaya Mabel Dávila, quien acaba de publicar junto a Osvaldo Barsky, magíster argentino en Sociología Rural, el libro La rebelión del campo. Historia del conflicto agrario argentino, dijo a El Observador Agropecuario que en la actualidad la situación en el vecino país “es realmente complicada, en particular para algunos sectores”. “La crisis financiera internacional y sus efectos, entre estos, la baja en los precios internacionales de las materias primas, a los que se suman los problemas climáticos y, en algunos productos, las restricciones a las exportaciones y los controles de precios, determinan un importante desestímulo a la producción”.
La rebelión del campo, un libro de 346 páginas editado por Sudamericana, que incluye cuadros estadísticos con la evolución de siembra, producción y precios, ya está a venta en Uruguay.
Dávila recordó que “la falta de un plan integral para el sector con políticas de estímulo para las distintas cadenas contribuyó al avance de la soja en Argentina. Esta falta de políticas agrarias tiene su explicación en un deterioro de la institucionalidad agraria, un papel cada vez más secundario de la Secretaría de Agricultura que va ocupando la Secretaría de Comercio Interior”.
La experta dijo que “uno de los fundamentos para el esquema de retenciones móviles fue que iba a detener la ‘sojización’”, pero advirtió que “no se puede hacer política
agraria exclusivamente a través de instrumentos de política económica. Se requieren estímulos a otras producciones, políticas agrarias basadas en estadísticas confiables, políticas comerciales que incentiven la producción, no que la distorsionen, políticas ambientales, política científica y tecnológica, políticas de desarrollo rural. Esto no se ha resuelto y determina, ante un contexto más complicado, que el conflicto esté latente”.
Por otra parte, Dávila remarcó que “hay una crisis en la producción de cereales por el efecto de los factores mencionados que hoy es reconocida por el gobierno que acaba
de implementar un paquete de medidas para estimular su producción. La próxima cosecha de trigo apenas llegaría a los 9 millones de toneladas y será la peor en más de una década, mientras que la soja ocupará una superficie récord con más de 17 millones de hectáreas”.
Agregó que “las medidas anunciadas por el gobierno, con el fin de atenuar los efectos de la crisis económica internacional, son consideradas insuficientes por los dirigentes agropecuarios. Después de unos meses de desmovilización social, el sector está promoviendo nuevas acciones. El año próximo las tensiones parecería que van a
continuar y probablemente se acentúen dado que es un año electoral, y el tema se ha vuelto central para la campaña”.
RESEÑA. Dávila recordó que “el conflicto agrario arrancó en marzo con la reglamentación de la Resolución 125 que establecía un nuevo esquema de retenciones –derechos de exportación– móviles a los principales granos y sus derivados por los siguientes cuatro años. Con la movilidad, las retenciones aumentarían al subir los precios de los granos y disminuirían cuando éstos bajaran”.
Agregó que “se manejaron varios argumentos para justificar este incremento, y el principal fue el importante aumento de los precios internacionales de los commodities
que permitía muy altos niveles de rentabilidad para los productores”.
Tras señalar que “apenas anunciada la Resolución 125, las entidades rurales se opusieron y llamaron a los productores a movilizarse”, dando inicio así a un conflicto que duró cuatro meses, Dávila recordó que “un aspecto que no consideró esta propuesta fue que los resultados económicos de las empresas no dependen exclusivamente del precio que recibe el productor sino que también inciden los costos. Y si bien, en ese caso para maíz, soja y girasol la mayoría de los costos se habían incurrido en la siembra en el último trimestre de 2007 y eran más que compensados con el aumento de los precios de los granos, se estaba planteando un esquema de retenciones por cuatro años, en un contexto en el que aumentaban los precios de los productos pero también los costos. Esto generaba un futuro de gran incertidumbre, dado que las alícuotas se ajustaban por precio de producto pero no por costos de producción”.
Por otra parte, “el esquema no se basó en un diagnóstico adecuado que considerara las diferencias entre productores. No todos tenían tan buenas rentabilidades, sino que depende de las condiciones de producción, la tecnología utilizada, el tipo de suelo, el tamaño del establecimiento, la gestión, la distancia y por lo tanto el costo del flete, entre otros varios aspectos. En medio del conflicto el gobierno fue estableciendo modificaciones al esquema inicial de retenciones móviles que tuvieron
en cuenta estos problemas y trataron de corregirlos”, acotó.
Y agregó que “otro problema lo planteaba el esquema de retenciones en sí mismo dado que tenían un piso de 23,5%, es decir, a precios mínimos tenían que pagar igual. Y
cuando los precios aumentaban el porcentaje de ese aumento que se quedaba el Estado era creciente”.
Dávila remarcó que “las retenciones son un instrumento fiscal y al mismo tiempo de desacople de los precios. Constituyen una vía para que el aumento de precios internacionales tenga menor repercusión sobre los precios internos, beneficiando así a los consumidores” y agregó que “ante el aumento de precios de los alimentos a principios de 2008 varios países instrumentaron medidas para contrarrestar
los efectos sobre sus mercados internos”.
El desarrollo del sector“Los cambios que experimentó el campo argentino no son recientes, sino que se originan varias décadas atrás”, dijo a El Observador Agropecuario Mabel Dávila.
“Desde la década de 1960 el desarrollo tecnológico en el agro viene promoviendo una serie de transformaciones a nivel productivo y social. Se fue generando una intensificación y expansión de la agricultura con un notable incremento de la producción de cereales y oleaginosas. En la década de 1980 promedió los 35 millones de toneladas, tuvo un crecimiento importante en 1990 superando los 64 millones de toneladas al final de esa década, y a partir de 2000 continúa el crecimiento, que en la última campaña superó los 96 millones de toneladas”, dijo. Si bien “la producción de carne no registra mayores avances desde la década de 1980, hay una gran expansión de la lechería”, acotó.
Publicado en El Observador Agropecuario 26/12/2008
domingo, 12 de octubre de 2008
Una historia candente
En La rebelión del campo, dos reconocidos estudiosos analizan los cambios estructurales que se produjeron en el sector agrario durante las últimas décadas con el fin de comprender, desde esa perspectiva, el enfrentamiento entre productores y el Gobierno.
Por Ana María Vara
Para LA NACION
La rebelión del campo
Por Osvaldo Barsky y Mabel Dávila
Sudamericana/346 páginas/$ 45
"Y de golpe todo cambió." Las palabras que abren el libro de Osvaldo Barsky y Mabel Dávila sobre el reciente conflicto entre el gobierno y una parte importante de los productores agrarios tienen la retórica sencilla y contundente que caracterizará toda la obra. Las preguntas surgen inmediatamente: ¿cómo fue posible que se desatara una confrontación de tal magnitud? ¿Qué razones profundas movilizaron a chacareros cercanos a la Federación Agraria, codo a codo con ganaderos de la Sociedad Rural? ¿Por qué tantos argumentos alrededor de la soja?
La rebelión del campo. Historia del conflicto agrario argentino es un valioso aporte para comprender el enfrentamiento desde la perspectiva del sector agrario. No es un libro partidario ni reivindicativo, sin embargo. Los autores -reconocidos estudiosos de la historia del campo argentino- proponen una línea explicativa: los cambios estructurales que se produjeron en el sector en las últimas décadas. Para otros quedan, como ellos mismos admiten, los análisis sobre el peronismo y sus discursos, los piqueteros o la clase media urbana que se sumó a la protesta.
El primer capítulo cuenta el proceso de expansión agrícola, que comenzó en los años sesenta, según Barsky y Dávila, gracias a "transformaciones productivas y tecnológicas" que se acentuarían en las décadas siguientes. En esto polemizan con otros autores, que destacan el crecimiento de la década del noventa. A ellos responden que el acelerado aumento de la producción del sector en los últimos años se basó en las mejoras previas y se acentuó por el incremento de los precios internacionales de los cereales y oleaginosas. Así, la producción de unas 35 millones de toneladas anuales promedio de los años ochenta se transformó en números que hoy arañan los 100 millones.
Con humor, el capítulo segundo fue titulado "La soja no es un yuyo". Para los lectores poco familiarizados con el tema, será quizás el más interesante. Cuenta cómo la pampa de las vacas y el trigo se transformó en la pampa de la soja transgénica, fenómeno que desbordó a otras regiones del país. Su relato comienza con los primeros intentos fallidos por introducir la soja en el siglo XIX, pasando por los expertos que la impulsaron a mediados del XX, y las circunstancias externas que favorecieron su adopción: sobre todo, la caída en la producción de la anchoveta peruana, que dejó al mercado sin su fuente principal de alimento balanceado. La soja creció, entonces, particularmente como forraje para exportación. Enseguida se refieren a la perfecta combinación de las técnicas de siembra directa, incorporadas en la década del setenta para proteger los suelos deteriorados por el arado, con la soja tolerante a glifosato, desarrollada por la multinacional Monsanto e introducida en 1996.
Los autores analizan luego las acusaciones más importantes contra la expansión masiva de este cultivo, que desde hace algunos años representa casi la mitad de la superficie cultivada del país: si es cierto que produce deforestación, si agota los nutrientes del suelo, si genera desempleo, si supone la falta de otros alimentos de la canasta alimenticia. Su discusión es rigurosa y bien fundamentada, pero curiosamente dice poco de un trasfondo muy contencioso: la polémica internacional sobre transgénicos, una de las tecnologías más resistidas del presente. Entre otras razones, porque involucra desarrollos de multinacionales, a diferencia de la primera revolución verde, promovida desde organismos públicos nacionales e internacionales.
En el capítulo tercero, sobre los actores del campo, se destaca el análisis de los pools de siembra, una modalidad de organización que ve en el campo una opción más de inversión y que ciertamente estuvo en el centro del debate. A continuación, se responde una pregunta clave: ¿por qué se produjo ahora el enfrentamiento? El detonante está afuera: el gran aumento del precio de las commodities agrícolas, que "provocó una fuerte disputa entre el gobierno y los sectores agropecuarios por el destino de esas rentas excepcionales". Los motores detrás de la suba: el crecimiento del consumo en China e India; el interés por los biocombustibles; el aumento del petróleo; la crisis financiera internacional, que convirtió a las materias primas en objeto de especulación.
Los últimos tres capítulos presentan un esbozo de propuesta por parte de los autores. Se refieren a las retenciones y analizan su introducción pasada y presente. Concluyen que "los derechos de exportación no permiten distinguir entre los distintos tipos de productores, por eso afectan más a los de menor escala". En ese sentido, advierten que "si no se establecen diferencias, se promueve la concentración". También consideran el problema del alto precio de la tierra en la actualidad, una "excesiva valorización" que tiene efectos "muy negativos" sobre la producción de alimentos. Entre las soluciones, Barsky y Dávila proponen una jerarquización de la Secretaría de Agricultura como parte de una reforzada "institucionalidad agraria", que debe incluir a otras dependencias, como el Indec y el complejo científico-tecnológico. En este sentido, sostienen que la investigación en instituciones públicas como el INTA, el Conicet o las universidades "resulta estratégica para generar desarrollo rural".
A contrapelo de las recetas neoliberales, sus propuestas piden más planificación, más Estado: en diálogo, con condiciones, pero más Estado. Aunque no hacen un énfasis especial sobre el punto, es lo que hacen los países centrales. En esta materia y en muchas otras, como muestran los sucesivos rescates que fue realizando el gobierno de Estados Unidos en respuesta a la presente crisis financiera.
El impacto del tsunami de los precios agrícolas, que disparó el conflicto agrario, impone, sin embargo, considerar si la dimensión del Estado argentino es suficiente para responder a las oportunidades y amenazas de la globalización, o si debería pensarse en acuerdos regionales, o aun mayores, como fue la respuesta del G-20 ante la Ronda de Doha.
En síntesis, Barsky y Dávila sientan las bases para varias discusiones importantes que aún están pendientes.
Publicado en La Nación 11/10/2008
Por Ana María Vara
Para LA NACION
La rebelión del campo
Por Osvaldo Barsky y Mabel Dávila
Sudamericana/346 páginas/$ 45
"Y de golpe todo cambió." Las palabras que abren el libro de Osvaldo Barsky y Mabel Dávila sobre el reciente conflicto entre el gobierno y una parte importante de los productores agrarios tienen la retórica sencilla y contundente que caracterizará toda la obra. Las preguntas surgen inmediatamente: ¿cómo fue posible que se desatara una confrontación de tal magnitud? ¿Qué razones profundas movilizaron a chacareros cercanos a la Federación Agraria, codo a codo con ganaderos de la Sociedad Rural? ¿Por qué tantos argumentos alrededor de la soja?
La rebelión del campo. Historia del conflicto agrario argentino es un valioso aporte para comprender el enfrentamiento desde la perspectiva del sector agrario. No es un libro partidario ni reivindicativo, sin embargo. Los autores -reconocidos estudiosos de la historia del campo argentino- proponen una línea explicativa: los cambios estructurales que se produjeron en el sector en las últimas décadas. Para otros quedan, como ellos mismos admiten, los análisis sobre el peronismo y sus discursos, los piqueteros o la clase media urbana que se sumó a la protesta.
El primer capítulo cuenta el proceso de expansión agrícola, que comenzó en los años sesenta, según Barsky y Dávila, gracias a "transformaciones productivas y tecnológicas" que se acentuarían en las décadas siguientes. En esto polemizan con otros autores, que destacan el crecimiento de la década del noventa. A ellos responden que el acelerado aumento de la producción del sector en los últimos años se basó en las mejoras previas y se acentuó por el incremento de los precios internacionales de los cereales y oleaginosas. Así, la producción de unas 35 millones de toneladas anuales promedio de los años ochenta se transformó en números que hoy arañan los 100 millones.
Con humor, el capítulo segundo fue titulado "La soja no es un yuyo". Para los lectores poco familiarizados con el tema, será quizás el más interesante. Cuenta cómo la pampa de las vacas y el trigo se transformó en la pampa de la soja transgénica, fenómeno que desbordó a otras regiones del país. Su relato comienza con los primeros intentos fallidos por introducir la soja en el siglo XIX, pasando por los expertos que la impulsaron a mediados del XX, y las circunstancias externas que favorecieron su adopción: sobre todo, la caída en la producción de la anchoveta peruana, que dejó al mercado sin su fuente principal de alimento balanceado. La soja creció, entonces, particularmente como forraje para exportación. Enseguida se refieren a la perfecta combinación de las técnicas de siembra directa, incorporadas en la década del setenta para proteger los suelos deteriorados por el arado, con la soja tolerante a glifosato, desarrollada por la multinacional Monsanto e introducida en 1996.
Los autores analizan luego las acusaciones más importantes contra la expansión masiva de este cultivo, que desde hace algunos años representa casi la mitad de la superficie cultivada del país: si es cierto que produce deforestación, si agota los nutrientes del suelo, si genera desempleo, si supone la falta de otros alimentos de la canasta alimenticia. Su discusión es rigurosa y bien fundamentada, pero curiosamente dice poco de un trasfondo muy contencioso: la polémica internacional sobre transgénicos, una de las tecnologías más resistidas del presente. Entre otras razones, porque involucra desarrollos de multinacionales, a diferencia de la primera revolución verde, promovida desde organismos públicos nacionales e internacionales.
En el capítulo tercero, sobre los actores del campo, se destaca el análisis de los pools de siembra, una modalidad de organización que ve en el campo una opción más de inversión y que ciertamente estuvo en el centro del debate. A continuación, se responde una pregunta clave: ¿por qué se produjo ahora el enfrentamiento? El detonante está afuera: el gran aumento del precio de las commodities agrícolas, que "provocó una fuerte disputa entre el gobierno y los sectores agropecuarios por el destino de esas rentas excepcionales". Los motores detrás de la suba: el crecimiento del consumo en China e India; el interés por los biocombustibles; el aumento del petróleo; la crisis financiera internacional, que convirtió a las materias primas en objeto de especulación.
Los últimos tres capítulos presentan un esbozo de propuesta por parte de los autores. Se refieren a las retenciones y analizan su introducción pasada y presente. Concluyen que "los derechos de exportación no permiten distinguir entre los distintos tipos de productores, por eso afectan más a los de menor escala". En ese sentido, advierten que "si no se establecen diferencias, se promueve la concentración". También consideran el problema del alto precio de la tierra en la actualidad, una "excesiva valorización" que tiene efectos "muy negativos" sobre la producción de alimentos. Entre las soluciones, Barsky y Dávila proponen una jerarquización de la Secretaría de Agricultura como parte de una reforzada "institucionalidad agraria", que debe incluir a otras dependencias, como el Indec y el complejo científico-tecnológico. En este sentido, sostienen que la investigación en instituciones públicas como el INTA, el Conicet o las universidades "resulta estratégica para generar desarrollo rural".
A contrapelo de las recetas neoliberales, sus propuestas piden más planificación, más Estado: en diálogo, con condiciones, pero más Estado. Aunque no hacen un énfasis especial sobre el punto, es lo que hacen los países centrales. En esta materia y en muchas otras, como muestran los sucesivos rescates que fue realizando el gobierno de Estados Unidos en respuesta a la presente crisis financiera.
El impacto del tsunami de los precios agrícolas, que disparó el conflicto agrario, impone, sin embargo, considerar si la dimensión del Estado argentino es suficiente para responder a las oportunidades y amenazas de la globalización, o si debería pensarse en acuerdos regionales, o aun mayores, como fue la respuesta del G-20 ante la Ronda de Doha.
En síntesis, Barsky y Dávila sientan las bases para varias discusiones importantes que aún están pendientes.
Publicado en La Nación 11/10/2008
lunes, 29 de septiembre de 2008
Barsky: "Un partido del agro sería un error"
"La Rebelión del campo" es el nombre del libro que el investigador rosarino Osvaldo Barsky escribió para situar una cronología y la agenda de temas que se discutieron en el conflicto agropecuario. Temario que va desde las retenciones, hasta las transformaciones de la estructura agraria de este siglo. Pasado el conflicto, el especialista considera que las "entidades del campo" se están equivocando en la estrategia de diálogo con el gobierno y ve en el gobierno un interlocultor más fuerte. Descarta la posible conformación de un partido del campo y posibilidad de un nuevo conflicto del tenor al que transcurrió en este año.
—¿Qué problemática aborda el libro?
—Tiene dos partes. Un anexo con la cronología del conflicto y una desagregación de la agenda del mismo, ya que habla de la expansión agrícola en Argentina. Se realiza un análisis en el que se plantea que "la soja no es un yuyo", aludiendo a las palabras de la presidenta Cristina de Kirchner, donde se habla de la relación de la soja con el empleo, el medio ambiente. También hay un capítulo acerca de qué campo hablamos cuando hablamos del campo, las transfomaciones de la estructura agraria, un análisis de los pooles de siembra y las empresas agropecuarias, el precio de los alimentos, la degradación institucional y cómo fueron cayendo los aparatos estatales agropecuarios, las retenciones. Finalmente cierra con una propuesta acerca en lo que tiene que avanzar el campo.
—¿Qué análisis hace del conflicto?
—Lo central es que el conflicto puso a la superficie un fenómeno que muchos sectores, a partir de las grandes transformaciones en la región pampeana, habían restado importancia. Este confllicto le ha permitido ganar centralidad al campo en cuanto a su papel dentro del desarrollo nacional. Puso en debate cuánto genera de empleo y de inversión. También quedó en evidencia que las políticas agropecuarias que necesita el país son políticas integrales. El agro no es una fuente de recaudación de impuesos sino un activo desarrollador .
—¿Cómo ve la relación de las entidades con el gobierno?
— Las entidades se están equivocando mucho porque siguen el debate en el Congreso, que es el lugar de la victoria, en vez de aprovechar el lugar donde se debe discutir, que es la Secretaría de Agricultura, y aprovechar esa ventana. Por otra parte, veo una posición distinta del gobierno. Las entidades deberían tener la cintura política y aprovechar eso. Deben capitalizar el triunfo con avances serios en políticas desagragegadas, porque creo que el campo está yendo por menos en lugar de por más.
— Muchos hablan de la conformación de un partido del campo ¿Usted lo considera posible?
—Se intentó muchas veces en la Argentina y no funcionó. Por ejemplo, a fines del siglo XIX la Sociedad Rural Argentina (SRA) lo intentó y no funcionó. El tema es una cuestión de representatividad, ya que no puede representar a nadie que se salga por fuera de los límites. El lugar nato para sus reivindicaciones son las propias organizaciones del agro, y tienen distintas instituciones como el Inta, para hacer lobby.
—¿Hay posibilidad de otro conflicto?
—No lo creo. Hay urgencias, la cuestión cárnica y la lechera son prioridades. Hay que ver qué pasa con los precios internacionales ya que la cuestión agrícola se puede complicar con el actual nivel de retención. Por otra, parte se deben bajar los arrendamientos.
Publicado en La Capital 28/9/2008
—¿Qué problemática aborda el libro?
—Tiene dos partes. Un anexo con la cronología del conflicto y una desagregación de la agenda del mismo, ya que habla de la expansión agrícola en Argentina. Se realiza un análisis en el que se plantea que "la soja no es un yuyo", aludiendo a las palabras de la presidenta Cristina de Kirchner, donde se habla de la relación de la soja con el empleo, el medio ambiente. También hay un capítulo acerca de qué campo hablamos cuando hablamos del campo, las transfomaciones de la estructura agraria, un análisis de los pooles de siembra y las empresas agropecuarias, el precio de los alimentos, la degradación institucional y cómo fueron cayendo los aparatos estatales agropecuarios, las retenciones. Finalmente cierra con una propuesta acerca en lo que tiene que avanzar el campo.
—¿Qué análisis hace del conflicto?
—Lo central es que el conflicto puso a la superficie un fenómeno que muchos sectores, a partir de las grandes transformaciones en la región pampeana, habían restado importancia. Este confllicto le ha permitido ganar centralidad al campo en cuanto a su papel dentro del desarrollo nacional. Puso en debate cuánto genera de empleo y de inversión. También quedó en evidencia que las políticas agropecuarias que necesita el país son políticas integrales. El agro no es una fuente de recaudación de impuesos sino un activo desarrollador .
—¿Cómo ve la relación de las entidades con el gobierno?
— Las entidades se están equivocando mucho porque siguen el debate en el Congreso, que es el lugar de la victoria, en vez de aprovechar el lugar donde se debe discutir, que es la Secretaría de Agricultura, y aprovechar esa ventana. Por otra parte, veo una posición distinta del gobierno. Las entidades deberían tener la cintura política y aprovechar eso. Deben capitalizar el triunfo con avances serios en políticas desagragegadas, porque creo que el campo está yendo por menos en lugar de por más.
— Muchos hablan de la conformación de un partido del campo ¿Usted lo considera posible?
—Se intentó muchas veces en la Argentina y no funcionó. Por ejemplo, a fines del siglo XIX la Sociedad Rural Argentina (SRA) lo intentó y no funcionó. El tema es una cuestión de representatividad, ya que no puede representar a nadie que se salga por fuera de los límites. El lugar nato para sus reivindicaciones son las propias organizaciones del agro, y tienen distintas instituciones como el Inta, para hacer lobby.
—¿Hay posibilidad de otro conflicto?
—No lo creo. Hay urgencias, la cuestión cárnica y la lechera son prioridades. Hay que ver qué pasa con los precios internacionales ya que la cuestión agrícola se puede complicar con el actual nivel de retención. Por otra, parte se deben bajar los arrendamientos.
Publicado en La Capital 28/9/2008
sábado, 13 de septiembre de 2008
Entidades necesitan cintura política (*)
Osvaldo Barsky, autor del libro “La Rebelión del Campo”, criticó además al grupo de intelectuales Pro K. "Tienen total desconocimiento del campo", dijo. Opina que entidades técnicas deberían avanzar hacia lo gremial.
Osvaldo Barsky es un académico, economista de profesión, rosarino y con raíces chacareras por vía materna, que se ha especializado en la investigación de la historia rural.
En los últimos días publicó La Rebelión del Campo (Editorial Sudamericana), un libro donde indaga sobre el reciente conflicto agropecuario, lo cual dio pie para el siguiente diálogo.
-El mismo título parece indicar una toma de posición. Se rebela aquel que está sojuzgado contra quien lo somete.
-Usted sabe cómo es el tema editorial. Originalmente le querían poner La Soja no es un Yuyo o La Batalla del Campo. Nosotros los fuimos desechando, porque batalla connota a guerra. Sí nos pareció que el conflicto tuvo sentido de rebelión, producto de una cantidad de intervenciones que venían acumulándose desde 2005 y que terminó haciendo que la gente se rebelara. Había una percepción de hostilidad contra el sector rural que derivó en esta situación.
-¿Por qué refiere a quienes se opusieron al Gobierno como "la gente"? ¿Y el resto?
-La tomamos porque fue un hecho de la realidad. Las encuestas muestran que el conflicto tuvo un apoyo masivo de la población a favor del campo. Es un dato objetivo. El campo fue visualizado como una causa justa; se defendía a un sector productivo, moderno. De ahí la gran repercusión social. El grupo de intelectuales que apoyó al Gobierno había criticado justamente esa apropiación, al igual que la de la escarapela o la Patria.
-Yo diría que si hay una nota común en todos ellos (el grupo de intelectuales) y a unos cuantos los conozco bien, es su absoluto desconocimiento de la cuestión agraria. Es gente que no tiene la menor idea de cómo funciona (la actividad rural) en el presente y quiénes son sus actores sociales. Por eso junto con el Gobierno pasaron rápidamente de hablar de los terratenientes a los pooles de siembra, siempre buscando un ogro gigantesco a quien culpar. Esto es particularmente así en la Ciudad de Buenos Aires o el GBA, donde la distancia intelectual con el interior es terrible. No es el caso de Rosario, por ejemplo, donde se comprende cómo es la situación.
-El campo se ha convertido en un sector mimado por la política y la sociedad. La pregunta es cuánto dura eso y si es amor o conveniencia.
-Yo creo que el conflicto mostró que la relación es estructural. Incluso los partidos políticos con desarrollo territorial se sensibilizaron frente a esta realidad y reaccionaron porque se quedaban sin base social. Es más, solo la cúpula del Gobierno, con un manejo muy particular del poder, de "todo o nada", pudo llevar el conflicto como lo hizo. El caso de Córdoba es el caso más transparente, con los intendentes formando un bloque en torno al campo.
-¿Cómo está viendo a las entidades hoy?
-Creo que han quedado prendidas en la discusión de las retenciones, en vez de ir desagregadamente tema por tema con propuestas.
-Las entidades han mostrado hacer que algo no se haga. ¿Puede ahora hacer que algo se haga?
-Ese es el problema. Yo en alguna charla que tuve con gente de Aacrea siempre he insistido en que entidades de ese tipo deberían dar un paso más e involucrarse en la parte gremial. Al quedarse Aacrea, Aapresid u otras, en el plano técnico y las otras en el gremial, por un lado las gremiales son muy débiles y las otras no quieren lío, pero no hay en el medio algo más propositivo.
-Ahora las entidades gremiales parecen querer avanzar vía Congreso.
-Creo que el craso error que se está cometiendo es pedirle al Congreso que se transforme en una Secretaría de Agricultura. El Congreso tiene que estar para los grandes temas, pero la construcción del día a día hay que hacerla en la Sagpya. Lo peor que pueden hacer las entidades ahora es deslegitimar la ventanita que se les abrió en Agricultura. Al contrario, yo creo que deberían haberla ensanchado y haberle dicho a Cheppi que lo iban a ayudar en su confrontación con Moreno, en vez de salir a decir a la semana que esto es lo mismo de siempre, porque de hecho no lo fue. Aquí está faltando cintura política o hay otra idea de los dirigentes que se están lanzando más abiertamente a la arena política.
-¿Percibe que alguna entidad ha logrado sacar más ventaja que otra respecto de donde estaba el 10 de marzo?
-No sé, excepto Coninagro, creo que las otras tres han obtenido sus logros. La SRA logró que en el imaginario colectivo se haya diluido su imagen negativa vinculada a los gobiernos militares, etcétera. Federación Agraria, ni hablar, aunque ha mostrado que allí hay de todo. A De Angeli no se lo puede clasificar como pequeño; por la forma en que se mete en la producción está mucho más interesado en un frente con los grandes que en una diferenciación profunda. En cambio Buzzi me parece que tratar de expresar a los tipos del interior de Santa Fe que son efectivamente mucho más chicos en capital. Pero todos avanzaron.
-Las encuestas mostraban a Buzzi y De Angelis con la mejor imagen, atrás Miguens y después Llambías. ¿Cree que CRA pasa a ocupar el lugar de SRA en el imaginario?
-En verdad CRA es la entidad más dura del campo. SRA es un grupo de presión de la Ciudad de Buenos Aires. No todos sus miembros son agrarios. Son 10.000 personas que conforman un gran grupo de presión de la Ciudad de Buenos Aires. Nosotros hicimos un estudio de sociedades rurales del interior y ahí percibimos que CRA no sólo agrupa mucho más productores que las otras tres, sino que además es la más democrática en términos de funcionamiento. El mandato de la base se expresa sin mediación alguna en sus dirigentes. Contradictoriamente eso hace que sea mucho más reaccionaria, más antigubernamental, más anticiudad. Es lo que marca la relación entre Carbap y CRA.
(*) Publicado en Infocampo 12/9/2008
Osvaldo Barsky es un académico, economista de profesión, rosarino y con raíces chacareras por vía materna, que se ha especializado en la investigación de la historia rural.
En los últimos días publicó La Rebelión del Campo (Editorial Sudamericana), un libro donde indaga sobre el reciente conflicto agropecuario, lo cual dio pie para el siguiente diálogo.
-El mismo título parece indicar una toma de posición. Se rebela aquel que está sojuzgado contra quien lo somete.
-Usted sabe cómo es el tema editorial. Originalmente le querían poner La Soja no es un Yuyo o La Batalla del Campo. Nosotros los fuimos desechando, porque batalla connota a guerra. Sí nos pareció que el conflicto tuvo sentido de rebelión, producto de una cantidad de intervenciones que venían acumulándose desde 2005 y que terminó haciendo que la gente se rebelara. Había una percepción de hostilidad contra el sector rural que derivó en esta situación.
-¿Por qué refiere a quienes se opusieron al Gobierno como "la gente"? ¿Y el resto?
-La tomamos porque fue un hecho de la realidad. Las encuestas muestran que el conflicto tuvo un apoyo masivo de la población a favor del campo. Es un dato objetivo. El campo fue visualizado como una causa justa; se defendía a un sector productivo, moderno. De ahí la gran repercusión social. El grupo de intelectuales que apoyó al Gobierno había criticado justamente esa apropiación, al igual que la de la escarapela o la Patria.
-Yo diría que si hay una nota común en todos ellos (el grupo de intelectuales) y a unos cuantos los conozco bien, es su absoluto desconocimiento de la cuestión agraria. Es gente que no tiene la menor idea de cómo funciona (la actividad rural) en el presente y quiénes son sus actores sociales. Por eso junto con el Gobierno pasaron rápidamente de hablar de los terratenientes a los pooles de siembra, siempre buscando un ogro gigantesco a quien culpar. Esto es particularmente así en la Ciudad de Buenos Aires o el GBA, donde la distancia intelectual con el interior es terrible. No es el caso de Rosario, por ejemplo, donde se comprende cómo es la situación.
-El campo se ha convertido en un sector mimado por la política y la sociedad. La pregunta es cuánto dura eso y si es amor o conveniencia.
-Yo creo que el conflicto mostró que la relación es estructural. Incluso los partidos políticos con desarrollo territorial se sensibilizaron frente a esta realidad y reaccionaron porque se quedaban sin base social. Es más, solo la cúpula del Gobierno, con un manejo muy particular del poder, de "todo o nada", pudo llevar el conflicto como lo hizo. El caso de Córdoba es el caso más transparente, con los intendentes formando un bloque en torno al campo.
-¿Cómo está viendo a las entidades hoy?
-Creo que han quedado prendidas en la discusión de las retenciones, en vez de ir desagregadamente tema por tema con propuestas.
-Las entidades han mostrado hacer que algo no se haga. ¿Puede ahora hacer que algo se haga?
-Ese es el problema. Yo en alguna charla que tuve con gente de Aacrea siempre he insistido en que entidades de ese tipo deberían dar un paso más e involucrarse en la parte gremial. Al quedarse Aacrea, Aapresid u otras, en el plano técnico y las otras en el gremial, por un lado las gremiales son muy débiles y las otras no quieren lío, pero no hay en el medio algo más propositivo.
-Ahora las entidades gremiales parecen querer avanzar vía Congreso.
-Creo que el craso error que se está cometiendo es pedirle al Congreso que se transforme en una Secretaría de Agricultura. El Congreso tiene que estar para los grandes temas, pero la construcción del día a día hay que hacerla en la Sagpya. Lo peor que pueden hacer las entidades ahora es deslegitimar la ventanita que se les abrió en Agricultura. Al contrario, yo creo que deberían haberla ensanchado y haberle dicho a Cheppi que lo iban a ayudar en su confrontación con Moreno, en vez de salir a decir a la semana que esto es lo mismo de siempre, porque de hecho no lo fue. Aquí está faltando cintura política o hay otra idea de los dirigentes que se están lanzando más abiertamente a la arena política.
-¿Percibe que alguna entidad ha logrado sacar más ventaja que otra respecto de donde estaba el 10 de marzo?
-No sé, excepto Coninagro, creo que las otras tres han obtenido sus logros. La SRA logró que en el imaginario colectivo se haya diluido su imagen negativa vinculada a los gobiernos militares, etcétera. Federación Agraria, ni hablar, aunque ha mostrado que allí hay de todo. A De Angeli no se lo puede clasificar como pequeño; por la forma en que se mete en la producción está mucho más interesado en un frente con los grandes que en una diferenciación profunda. En cambio Buzzi me parece que tratar de expresar a los tipos del interior de Santa Fe que son efectivamente mucho más chicos en capital. Pero todos avanzaron.
-Las encuestas mostraban a Buzzi y De Angelis con la mejor imagen, atrás Miguens y después Llambías. ¿Cree que CRA pasa a ocupar el lugar de SRA en el imaginario?
-En verdad CRA es la entidad más dura del campo. SRA es un grupo de presión de la Ciudad de Buenos Aires. No todos sus miembros son agrarios. Son 10.000 personas que conforman un gran grupo de presión de la Ciudad de Buenos Aires. Nosotros hicimos un estudio de sociedades rurales del interior y ahí percibimos que CRA no sólo agrupa mucho más productores que las otras tres, sino que además es la más democrática en términos de funcionamiento. El mandato de la base se expresa sin mediación alguna en sus dirigentes. Contradictoriamente eso hace que sea mucho más reaccionaria, más antigubernamental, más anticiudad. Es lo que marca la relación entre Carbap y CRA.
(*) Publicado en Infocampo 12/9/2008
martes, 9 de septiembre de 2008
Deficit de gobierno argentino en seguridad alimentaria (*)
BUENOS AIRES, 7 (ANSA)- El conflicto entre el gobierno argentino y las organizaciones patronales rurales, que amenaza con reactivarse, exige un abordaje que trascienda las medidas oficiales de recaudación fiscal y garantice la seguridad alimentaria para los habitantes de menores recursos, señala un ensayo de edición reciente.
El ensayo, titulado "La rebelión del campo-Historia del conflicto agrario argentino", advierte que el gobierno reiterará una política errónea si no vislumbra "la diversidad" del sector productivo rural y recurre "exclusivamente" a medidas fiscales, en su afán de incrementar la recaudación impositiva.
Pero el ensayo también sostiene que las organizaciones agrarias "tienen un desafío enorme por transformar sus tradicionales políticas de resistencia a impuestos y reclamos fragmentarios y parciales, en aportes integrales que contemplen necesariamente los intereses del conjunto de la sociedad", como es la seguridad alimentaria.
Una solución integral también debería avanzar de modo "imperioso" en el control de las maniobras de defraudación fiscal que habrían concretado las empresas exportadoras de cereales "con la negligencia, como mínimo, de funcionarios estatales" durante los últimos ñoas, agregó el trabajo.
El incremento del impuesto a las exportaciones de soja (soya) adoptado por el gobierno de Cristina Fernández el 14 de marzo desató un conflicto de 130 días, con cortes de ruta y desabastecimiento de alimentos básicos, como carnes y leche.
Los autores del ensayo, Osvaldo Barsky y Mabel Dávila, sostienen que "la energía social desplegada" durante el conflicto "merece ser retransformada en un salto de calidad social e institucional". JMG
(*) Publicado en ANSA 7/9/2008
El ensayo, titulado "La rebelión del campo-Historia del conflicto agrario argentino", advierte que el gobierno reiterará una política errónea si no vislumbra "la diversidad" del sector productivo rural y recurre "exclusivamente" a medidas fiscales, en su afán de incrementar la recaudación impositiva.
Pero el ensayo también sostiene que las organizaciones agrarias "tienen un desafío enorme por transformar sus tradicionales políticas de resistencia a impuestos y reclamos fragmentarios y parciales, en aportes integrales que contemplen necesariamente los intereses del conjunto de la sociedad", como es la seguridad alimentaria.
Una solución integral también debería avanzar de modo "imperioso" en el control de las maniobras de defraudación fiscal que habrían concretado las empresas exportadoras de cereales "con la negligencia, como mínimo, de funcionarios estatales" durante los últimos ñoas, agregó el trabajo.
El incremento del impuesto a las exportaciones de soja (soya) adoptado por el gobierno de Cristina Fernández el 14 de marzo desató un conflicto de 130 días, con cortes de ruta y desabastecimiento de alimentos básicos, como carnes y leche.
Los autores del ensayo, Osvaldo Barsky y Mabel Dávila, sostienen que "la energía social desplegada" durante el conflicto "merece ser retransformada en un salto de calidad social e institucional". JMG
(*) Publicado en ANSA 7/9/2008
La soja no es un yuyo (*)
En La rebelión del campo. Historia del conflicto agrario argentino, la ingeniera agrónoma Mabel Dávila y el sociólogo rural Osvaldo Barsky se proponen revisar toda la historia de la soja, desde su remoto origen hasta su llegada a la Argentina, y demostrar que no es un mero “yuyo”, como lo llamó la Presidenta. Para lograrlo, los autores se informaron más que nadie antes y consultaron fuentes económicas fidedignas, que figuran en el libro. Como muestra, PERFIL ofrece fragmentos del capítulo 2, referido a lo menos divulgado de la soja.
Por Osvaldo Barsky y Mabel Dávila
E l 31 de marzo de 2008, en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, en el tono coloquial que gusta intercalar en sus discursos, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner señaló: “El otro día charlaba con alguien y me decía que la soja es, en términos científicos, prácticamente un yuyo que crece sin ningún tipo de cuidados especiales. Para que ustedes tengan una idea, argentinos y argentinas, el glifosato, que es algo con lo que se bombardean las plantaciones de coca en Colombia o en la frontera con Ecuador para destruirlas, a la soja no le hace nada; es más, le hace bien, porque le mata todos los yuyos que están alrededor”.
El comentario adquirió una relevancia significativa en el álgido clima del conflicto desatado el 11 de marzo. Posiblemente, haciéndose eco de su demonización por distintos actores sociales que han convertido a una simple planta en la responsable de una larga serie de males, tanto para los agricultores pequeños, la vegetación natural y los bosques, la sustentabilidad de los suelos, la posible falta de los alimentos tradicionales y cuanto otro elemento pueda desplegar la fértil imaginación de dirigentes sociales, organizaciones no gubernamentales, ciertos académicos y periodistas, políticos y funcionarios estatales.
Que una planta encarne los males que normalmente se atribuyen a las acciones de los seres humanos es un fenómeno tan notable y pueril que sólo fue expresado adecuadamente por la historieta “La Nelly” publicada en el diario Clarín por los humoristas Langer y Rubén Mira, donde la soja, convertida en un monstruo gigantesco y devorador, amenazaba la integridad física de los habitantes de Buenos Aires (...).
La soja o soya (Glycine max) es una planta de la familia de las leguminosas, cultivada por sus semillas, utilizadas en alimentación y para la producción de aceite. Al igual que las lentejas, las arvejas y los garbanzos, trae sus semillas en vainas o chauchas con un poroto de alto valor proteico (cercano al 35%). Es originaria del Este Asiático, probablemente del norte y centro de China. Según la tradición, la soja fue descubierta por el emperador chino Sheng-Nung hace más de tres milenios. Este disponía de grandes campos de cultivo sembrados con la leguminosa, y se dedicaba a estudiar y describir sus propiedades alimenticias y medicinales, las cuales plasmó en el libro Materia médica.
Para los emperadores chinos, la soja era una de las cinco semillas sagradas, junto con el arroz, el trigo, la cebada y el mijo. En el Libro de las odas (siglo VI a.C.) se lee que procede de plantas silvestres de su misma especie y que se cultivó por primera vez reinando Chang, en pleno siglo XV a.C. En el libro de Li Shizen, titulado Bencao gangmu o Tratado de todas las plantas, escrito en 1595 a.C. durante el imperio de los Ming, se dedica un capítulo entero a la soja.
Habrían sido los monjes budistas quienes la introdujeron en Japón en el siglo VII, donde muy pronto se convirtió en un cultivo popular. Después de la guerra chino-japonesa (1894-1895), los japoneses comenzaron a importar tortas de aceite de soja para usarlas como fertilizantes. En la India se la promocionó a partir de 1935. Su nombre (soy) viene del Japón y ha sido la base de la alimentación en pueblos asiáticos que tenían escaso acceso a proteínas de origen animal.
Actualmente es uno de los principales alimentos de China, Japón, Corea y Vietnam, donde se obtienen distintos derivados como la salsa de soja, los brotes de soja, el queso de soja (tofu), natto o miso. Del grano de soja se obtiene el poroto tausí, frijol de soja salado y fermentado, muy usado en platos chinos. Entre los derivados se destaca también la leche vegetal, que se extrae triturando sus granos y se utiliza como insumo para preparar distintas bebidas y jugos.
También estos alimentos se han expandido fuertemente en el Occidente, donde llegó en el siglo XVIII. Son los misioneros los que introducen las primeras habas de soja para su cultivo, sin gran éxito al parecer. También los marinos holandeses y portugueses la trajeron como novedad. Las primeras semillas plantadas en Europa provenían de China y su siembra se realizó en el Jardin des Plantes de París en 1740.
Ya en 1692 el destacado científico alemán Engelbert Koempfer había descripto los principales usos de la planta en un libro de recuerdos sobre su viaje a Japón (...).
Debido a su aporte proteico, también es utilizada como alimento para animales, como pollos, vacunos y cerdos, en forma de harina de soja, la que históricamente siempre ha competido internacionalmente con la harina de pescado. El poroto de soja contiene 83% de harina y 17% de aceite. Al extraerse el aceite queda como residuo una torta (pellets), que es un concentrado de proteínas vegetales (42-44%) utilizado para la alimentación animal, y principal fuente de aminoácidos en la composición de los alimentos balanceados que consumen las especies mencionadas. Su adaptación a climas diversos y las pocas enfermedades que la atacan son dos de sus características, que la convierten en una forma de cultivo muy rentable, aunque su mayor enemigo es la sequía.
A principios del siglo XX ya funcionaban en Inglaterra en gran escala fábricas de aceite de soja, cuyos residuos se empleaban para el engorde del ganado. Las cantidades consumidas en Gran Bretaña y en el continente europeo aumentaban constantemente. Esta demanda dio lugar al desarrollo de una importante industria de exportación de tortas de soja de China, curiosamente hoy gran demandante.
Por el puerto de Chefou se embarcaban en la primera década de este siglo unas 100 mil toneladas anuales. Años más tarde (1765) se introdujo en América (Georgia, EE.UU.) desde China, vía Londres. A comienzos del siglo XIX se empezó a cultivar en los Estados Unidos. Alcanzó gran importancia en los estados del medio oeste después de la Primera Guerra Mundial, para recuperar la fertilidad de las tierras agotadas por el cultivo intensivo de maíz. En las raíces de la planta de soja se forman nódulos. Esto se debe a la asociación de esta especie con bacterias del suelo del género Rhizobium que fijan nitrógeno gaseoso. Mediante esta asociación, o “simbiosis”, la soja, que aporta carbono a las bacterias, obtiene de éstas el nitrógeno de la atmósfera.
Como el nitrógeno es uno de los principales nutrientes necesarios para el crecimiento vegetal, la fijación biológica de nitrógeno resulta beneficiosa. No sólo permite disminuir el uso de fertilizantes químicos en la agricultura, sino que también contribuye a prevenir la pérdida de fertilidad del suelo.Y tiene otra ventaja. Cuando se cosecha el grano, gran parte del nitrógeno queda en el rastrojo, enriqueciendo con este nutriente el suelo y mejorando la fertilidad (...).
En el quinquenio 1935/39 ya se habían sembrado en EE.UU. un promedio de 1.231.097 hectáreas. En la década del 40 hay una gran expansión del cultivo por la extracción por solventes del aceite y por la gran demanda de proteína y grasas a raíz de la Segunda Guerra, liderando ese país la producción mundial a partir de 1954. En Brasil fue introducida en 1882, pero su difusión se inició a principios del siglo XX y la explotación comercial comenzó también en la década del 40, constituyéndose hoy en el segundo productor mundial de soja.
Las primeras plantaciones en la Argentina se hicieron en 1862, según Giorda y Baigorri (1997), y según Agrasar (1957) en 1898, pero no encontraron eco en los productores agrícolas de aquellos años. En 1912 A.C.Tonnelier, jefe de la Estación Experimental anexa a la Escuela Nacional de Agricultura y Ganadería de Córdoba, da cuenta de los resultados obtenidos en los dos últimos años por esa dependencia en la experimentación con esta planta. En 1925, el ministro de Agricultura Tomás Le Bretón introdujo nuevas semillas de soja desde Europa y trató de difundir su cultivo, conocido en esa época entre los agrónomos del Ministerio como arveja peluda o soja híspida. Previamente el Ferrocarril Buenos Aires-Pacífico había intentado su cultivo comercial, y otras empresas privadas (Gobecia SA y Bunge y Born) habían fracasado en sus intentos de adaptación.
En 1946, Juan L. Tenembaum señaló que la causa por la cual la soja no había podido ser implantada a escala comercial en el país no era de orden agrícola, ya que en los diversos ensayos realizados había demostrado ser apta para desarrollarse, desde el centro de la provincia de Buenos Aires hasta el extremo norte de Misiones. Indicó entonces que se trataba de una cuestión económica, por falta de mercado interno y dificultades para competir en el exterior. Respecto del mercado interno, planteó que la leche de soja, el queso y la harina no podían competir con la tradición de lácteos de origen animal y con la harina de trigo. Con respecto al aceite, mostraba que el contenido en la soja era más bajo que en el maní y girasol usados como comestible, y del lino en cuanto producto industrial, lo que desalentaba su producción para la industria aceitera en su conjunto.
Al encontrarse saturado el mercado norteamericano con su propia producción, quedaba el mercado europeo. En el mismo se importaban 1.418.000 toneladas, dado que su producción era de sólo 61 mil. El interrogante era si se estaba en condiciones de competir con la producción asiática, principalmente con el Manchukuo, que era el país exportador de mayor volumen mundial. Y terminaba con una frase profética (1948) para décadas posteriores: “Si fuera posible resolver este último problema, el fomento del cultivo de la soja en el país sería sumamente fácil y sencillo” (...).
La soja es una planta excepcionalmente útil que, a diferencia de un “yuyo” necesita de prácticas agronómicas especiales para poder crecer. Además de los señalados hasta ahora, dos avances tecnológicos muy complejos confluirían para expandir fuertemente a la producción en la década de 1990: la siembra directa y el uso de plantas transgénicas (...).
Para enfrentar el viejo problema de los suelos erosionados por la falta de rotación, desde 1964 se desarrollaron las primeras experiencias destinadas a mejorar la situación, en la Estación Experimental Agropecuaria (EEA) de Pergamino, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), llevadas adelante por el ingeniero agrónomo Marcelo Fagioli. Las mismas influyeron en el ingeniero agrónomo Carlos Senigagliesi, quien en la EEA de Marcos Juárez formó un grupo de investigación sobre los efectos de la cobertura de rastrojos en la acumulación de agua sobre el cultivo del maíz (...). Se fijó así la agenda desarrollada en el INTA por diversos investigadores. Ello coincidió con la creación del Centro Nacional de la Soja en la EEA de Marcos Juárez, en 1974. Se enviaron profesionales a entrenarse a Gran Bretaña, y en los terrenos de la Estación Experimental y de productores emprendedores de la zona se continuaron desarrollando los experimentos (...).
Uno de los puntos clave para el desarrollo de la siembra directa era el eficaz control de las malezas que se generaban al mantener los rastrojos sobre la tierra cosechada. Resultó relevante entonces que la empresa estadounidense de agroquímicos Monsanto comenzara en 1980 la distribución de su herbicida glifosato, no selectivo y sistémico, de menor toxicidad que el Paraquat y 2-4D, para ser utilizado en el período de barbecho (...).
En 1986 el INTA crea el Proyecto de Agricultura Conservacionista, que involucra a toda la institución y desarrolla experimentos adaptativos en campos de productores, que cubren un área de 5 millones de hectáreas. Integra al proceso a investigadores, extensionistas, asesores privados, productores, empresas de insumos y a otras instituciones, como las universidades estatales de Rosario y Buenos Aires, y del Banco de la Nación, que dio créditos a cien productores demostradores para la adquisición de maquinaria adecuada.
La estrategia central era la siembra directa y su aplicación al doble cultivo trigo-soja. En agosto de 1989 se constituye la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid) con veinte socios, la mayor parte productores medios y algunos pequeños, que se convirtió crecientemente en el principal impulsor de esta estrategia productiva. A finales de la década se llega así a 92 mil hectáreas implantadas (...).
En su discurso del 31 de marzo, la Presidenta continuó diciendo que, en nuestro país, de los 300 millones de hectáreas de territorio nacional, “el 10%, 30 millones de hectáreas, se dedican y son cultivables, el 45% hoy, casi el 50% está dedicada al cultivo de la soja. Ahora bien, ¿esto convierte a la soja en algo maligno? No, pero de esa soja los argentinos sólo consumen el 5%, el otro 95% se exporta. ¿Y qué es lo que consumimos los argentinos? Leche, trigo, pan, carne, que está en la otra porción que va quedando y que cada vez es menor… Reitero: en el otro 50% tenemos que tener el trigo, el maíz, la carne, que es la dieta de los argentinos”.
Ideas que fueron repetidas insistentemente por distintos funcionarios y dirigentes rurales en el conflicto, y que no se corresponden con la realidad. La más importante es que el avance en la siembra y producción de soja se hace en detrimento de la producción de trigo, maíz, leche y carne, y que en algún momento nos quedaríamos sin disponibilidad de los mismos para el consumo interno.
Esta afirmación desconoce que, en función de los cambios técnicos desarrollados, la Argentina se encuentra en un nuevo proceso de expansión de su frontera agraria. La superficie en producción creció un 15% a nivel nacional en el período intercensal 1988-2002. Es decir que nos encontramos con una importante expansión agrícola, ya que se han incorporado a la producción en este período nada menos que 4.959.396 hectáreas, de las cuales 2.307.569 lo han sido en las provincias extrapampeanas, donde el incremento fue de un 50,3%, contra un 9,3% en las provincias pampeanas.
La superficie total implantada pasó de 33.105.585 hectáreas en 1988 a 38.064.983 en el 2002. Este proceso continuó sistemáticamente hasta nuestros días. La totalidad de los cultivos sembrados en cereales y oleaginosas en las campañas 2006/07 y 2007/08 llegó a 31.013.605 hectáreas, cifras no directamente comparables con las anteriores, pero que dan cuenta de la magnitud de la expansión.
(*) Publicado en Perfil 7/9/2008
Por Osvaldo Barsky y Mabel Dávila
E l 31 de marzo de 2008, en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, en el tono coloquial que gusta intercalar en sus discursos, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner señaló: “El otro día charlaba con alguien y me decía que la soja es, en términos científicos, prácticamente un yuyo que crece sin ningún tipo de cuidados especiales. Para que ustedes tengan una idea, argentinos y argentinas, el glifosato, que es algo con lo que se bombardean las plantaciones de coca en Colombia o en la frontera con Ecuador para destruirlas, a la soja no le hace nada; es más, le hace bien, porque le mata todos los yuyos que están alrededor”.
El comentario adquirió una relevancia significativa en el álgido clima del conflicto desatado el 11 de marzo. Posiblemente, haciéndose eco de su demonización por distintos actores sociales que han convertido a una simple planta en la responsable de una larga serie de males, tanto para los agricultores pequeños, la vegetación natural y los bosques, la sustentabilidad de los suelos, la posible falta de los alimentos tradicionales y cuanto otro elemento pueda desplegar la fértil imaginación de dirigentes sociales, organizaciones no gubernamentales, ciertos académicos y periodistas, políticos y funcionarios estatales.
Que una planta encarne los males que normalmente se atribuyen a las acciones de los seres humanos es un fenómeno tan notable y pueril que sólo fue expresado adecuadamente por la historieta “La Nelly” publicada en el diario Clarín por los humoristas Langer y Rubén Mira, donde la soja, convertida en un monstruo gigantesco y devorador, amenazaba la integridad física de los habitantes de Buenos Aires (...).
La soja o soya (Glycine max) es una planta de la familia de las leguminosas, cultivada por sus semillas, utilizadas en alimentación y para la producción de aceite. Al igual que las lentejas, las arvejas y los garbanzos, trae sus semillas en vainas o chauchas con un poroto de alto valor proteico (cercano al 35%). Es originaria del Este Asiático, probablemente del norte y centro de China. Según la tradición, la soja fue descubierta por el emperador chino Sheng-Nung hace más de tres milenios. Este disponía de grandes campos de cultivo sembrados con la leguminosa, y se dedicaba a estudiar y describir sus propiedades alimenticias y medicinales, las cuales plasmó en el libro Materia médica.
Para los emperadores chinos, la soja era una de las cinco semillas sagradas, junto con el arroz, el trigo, la cebada y el mijo. En el Libro de las odas (siglo VI a.C.) se lee que procede de plantas silvestres de su misma especie y que se cultivó por primera vez reinando Chang, en pleno siglo XV a.C. En el libro de Li Shizen, titulado Bencao gangmu o Tratado de todas las plantas, escrito en 1595 a.C. durante el imperio de los Ming, se dedica un capítulo entero a la soja.
Habrían sido los monjes budistas quienes la introdujeron en Japón en el siglo VII, donde muy pronto se convirtió en un cultivo popular. Después de la guerra chino-japonesa (1894-1895), los japoneses comenzaron a importar tortas de aceite de soja para usarlas como fertilizantes. En la India se la promocionó a partir de 1935. Su nombre (soy) viene del Japón y ha sido la base de la alimentación en pueblos asiáticos que tenían escaso acceso a proteínas de origen animal.
Actualmente es uno de los principales alimentos de China, Japón, Corea y Vietnam, donde se obtienen distintos derivados como la salsa de soja, los brotes de soja, el queso de soja (tofu), natto o miso. Del grano de soja se obtiene el poroto tausí, frijol de soja salado y fermentado, muy usado en platos chinos. Entre los derivados se destaca también la leche vegetal, que se extrae triturando sus granos y se utiliza como insumo para preparar distintas bebidas y jugos.
También estos alimentos se han expandido fuertemente en el Occidente, donde llegó en el siglo XVIII. Son los misioneros los que introducen las primeras habas de soja para su cultivo, sin gran éxito al parecer. También los marinos holandeses y portugueses la trajeron como novedad. Las primeras semillas plantadas en Europa provenían de China y su siembra se realizó en el Jardin des Plantes de París en 1740.
Ya en 1692 el destacado científico alemán Engelbert Koempfer había descripto los principales usos de la planta en un libro de recuerdos sobre su viaje a Japón (...).
Debido a su aporte proteico, también es utilizada como alimento para animales, como pollos, vacunos y cerdos, en forma de harina de soja, la que históricamente siempre ha competido internacionalmente con la harina de pescado. El poroto de soja contiene 83% de harina y 17% de aceite. Al extraerse el aceite queda como residuo una torta (pellets), que es un concentrado de proteínas vegetales (42-44%) utilizado para la alimentación animal, y principal fuente de aminoácidos en la composición de los alimentos balanceados que consumen las especies mencionadas. Su adaptación a climas diversos y las pocas enfermedades que la atacan son dos de sus características, que la convierten en una forma de cultivo muy rentable, aunque su mayor enemigo es la sequía.
A principios del siglo XX ya funcionaban en Inglaterra en gran escala fábricas de aceite de soja, cuyos residuos se empleaban para el engorde del ganado. Las cantidades consumidas en Gran Bretaña y en el continente europeo aumentaban constantemente. Esta demanda dio lugar al desarrollo de una importante industria de exportación de tortas de soja de China, curiosamente hoy gran demandante.
Por el puerto de Chefou se embarcaban en la primera década de este siglo unas 100 mil toneladas anuales. Años más tarde (1765) se introdujo en América (Georgia, EE.UU.) desde China, vía Londres. A comienzos del siglo XIX se empezó a cultivar en los Estados Unidos. Alcanzó gran importancia en los estados del medio oeste después de la Primera Guerra Mundial, para recuperar la fertilidad de las tierras agotadas por el cultivo intensivo de maíz. En las raíces de la planta de soja se forman nódulos. Esto se debe a la asociación de esta especie con bacterias del suelo del género Rhizobium que fijan nitrógeno gaseoso. Mediante esta asociación, o “simbiosis”, la soja, que aporta carbono a las bacterias, obtiene de éstas el nitrógeno de la atmósfera.
Como el nitrógeno es uno de los principales nutrientes necesarios para el crecimiento vegetal, la fijación biológica de nitrógeno resulta beneficiosa. No sólo permite disminuir el uso de fertilizantes químicos en la agricultura, sino que también contribuye a prevenir la pérdida de fertilidad del suelo.Y tiene otra ventaja. Cuando se cosecha el grano, gran parte del nitrógeno queda en el rastrojo, enriqueciendo con este nutriente el suelo y mejorando la fertilidad (...).
En el quinquenio 1935/39 ya se habían sembrado en EE.UU. un promedio de 1.231.097 hectáreas. En la década del 40 hay una gran expansión del cultivo por la extracción por solventes del aceite y por la gran demanda de proteína y grasas a raíz de la Segunda Guerra, liderando ese país la producción mundial a partir de 1954. En Brasil fue introducida en 1882, pero su difusión se inició a principios del siglo XX y la explotación comercial comenzó también en la década del 40, constituyéndose hoy en el segundo productor mundial de soja.
Las primeras plantaciones en la Argentina se hicieron en 1862, según Giorda y Baigorri (1997), y según Agrasar (1957) en 1898, pero no encontraron eco en los productores agrícolas de aquellos años. En 1912 A.C.Tonnelier, jefe de la Estación Experimental anexa a la Escuela Nacional de Agricultura y Ganadería de Córdoba, da cuenta de los resultados obtenidos en los dos últimos años por esa dependencia en la experimentación con esta planta. En 1925, el ministro de Agricultura Tomás Le Bretón introdujo nuevas semillas de soja desde Europa y trató de difundir su cultivo, conocido en esa época entre los agrónomos del Ministerio como arveja peluda o soja híspida. Previamente el Ferrocarril Buenos Aires-Pacífico había intentado su cultivo comercial, y otras empresas privadas (Gobecia SA y Bunge y Born) habían fracasado en sus intentos de adaptación.
En 1946, Juan L. Tenembaum señaló que la causa por la cual la soja no había podido ser implantada a escala comercial en el país no era de orden agrícola, ya que en los diversos ensayos realizados había demostrado ser apta para desarrollarse, desde el centro de la provincia de Buenos Aires hasta el extremo norte de Misiones. Indicó entonces que se trataba de una cuestión económica, por falta de mercado interno y dificultades para competir en el exterior. Respecto del mercado interno, planteó que la leche de soja, el queso y la harina no podían competir con la tradición de lácteos de origen animal y con la harina de trigo. Con respecto al aceite, mostraba que el contenido en la soja era más bajo que en el maní y girasol usados como comestible, y del lino en cuanto producto industrial, lo que desalentaba su producción para la industria aceitera en su conjunto.
Al encontrarse saturado el mercado norteamericano con su propia producción, quedaba el mercado europeo. En el mismo se importaban 1.418.000 toneladas, dado que su producción era de sólo 61 mil. El interrogante era si se estaba en condiciones de competir con la producción asiática, principalmente con el Manchukuo, que era el país exportador de mayor volumen mundial. Y terminaba con una frase profética (1948) para décadas posteriores: “Si fuera posible resolver este último problema, el fomento del cultivo de la soja en el país sería sumamente fácil y sencillo” (...).
La soja es una planta excepcionalmente útil que, a diferencia de un “yuyo” necesita de prácticas agronómicas especiales para poder crecer. Además de los señalados hasta ahora, dos avances tecnológicos muy complejos confluirían para expandir fuertemente a la producción en la década de 1990: la siembra directa y el uso de plantas transgénicas (...).
Para enfrentar el viejo problema de los suelos erosionados por la falta de rotación, desde 1964 se desarrollaron las primeras experiencias destinadas a mejorar la situación, en la Estación Experimental Agropecuaria (EEA) de Pergamino, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), llevadas adelante por el ingeniero agrónomo Marcelo Fagioli. Las mismas influyeron en el ingeniero agrónomo Carlos Senigagliesi, quien en la EEA de Marcos Juárez formó un grupo de investigación sobre los efectos de la cobertura de rastrojos en la acumulación de agua sobre el cultivo del maíz (...). Se fijó así la agenda desarrollada en el INTA por diversos investigadores. Ello coincidió con la creación del Centro Nacional de la Soja en la EEA de Marcos Juárez, en 1974. Se enviaron profesionales a entrenarse a Gran Bretaña, y en los terrenos de la Estación Experimental y de productores emprendedores de la zona se continuaron desarrollando los experimentos (...).
Uno de los puntos clave para el desarrollo de la siembra directa era el eficaz control de las malezas que se generaban al mantener los rastrojos sobre la tierra cosechada. Resultó relevante entonces que la empresa estadounidense de agroquímicos Monsanto comenzara en 1980 la distribución de su herbicida glifosato, no selectivo y sistémico, de menor toxicidad que el Paraquat y 2-4D, para ser utilizado en el período de barbecho (...).
En 1986 el INTA crea el Proyecto de Agricultura Conservacionista, que involucra a toda la institución y desarrolla experimentos adaptativos en campos de productores, que cubren un área de 5 millones de hectáreas. Integra al proceso a investigadores, extensionistas, asesores privados, productores, empresas de insumos y a otras instituciones, como las universidades estatales de Rosario y Buenos Aires, y del Banco de la Nación, que dio créditos a cien productores demostradores para la adquisición de maquinaria adecuada.
La estrategia central era la siembra directa y su aplicación al doble cultivo trigo-soja. En agosto de 1989 se constituye la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid) con veinte socios, la mayor parte productores medios y algunos pequeños, que se convirtió crecientemente en el principal impulsor de esta estrategia productiva. A finales de la década se llega así a 92 mil hectáreas implantadas (...).
En su discurso del 31 de marzo, la Presidenta continuó diciendo que, en nuestro país, de los 300 millones de hectáreas de territorio nacional, “el 10%, 30 millones de hectáreas, se dedican y son cultivables, el 45% hoy, casi el 50% está dedicada al cultivo de la soja. Ahora bien, ¿esto convierte a la soja en algo maligno? No, pero de esa soja los argentinos sólo consumen el 5%, el otro 95% se exporta. ¿Y qué es lo que consumimos los argentinos? Leche, trigo, pan, carne, que está en la otra porción que va quedando y que cada vez es menor… Reitero: en el otro 50% tenemos que tener el trigo, el maíz, la carne, que es la dieta de los argentinos”.
Ideas que fueron repetidas insistentemente por distintos funcionarios y dirigentes rurales en el conflicto, y que no se corresponden con la realidad. La más importante es que el avance en la siembra y producción de soja se hace en detrimento de la producción de trigo, maíz, leche y carne, y que en algún momento nos quedaríamos sin disponibilidad de los mismos para el consumo interno.
Esta afirmación desconoce que, en función de los cambios técnicos desarrollados, la Argentina se encuentra en un nuevo proceso de expansión de su frontera agraria. La superficie en producción creció un 15% a nivel nacional en el período intercensal 1988-2002. Es decir que nos encontramos con una importante expansión agrícola, ya que se han incorporado a la producción en este período nada menos que 4.959.396 hectáreas, de las cuales 2.307.569 lo han sido en las provincias extrapampeanas, donde el incremento fue de un 50,3%, contra un 9,3% en las provincias pampeanas.
La superficie total implantada pasó de 33.105.585 hectáreas en 1988 a 38.064.983 en el 2002. Este proceso continuó sistemáticamente hasta nuestros días. La totalidad de los cultivos sembrados en cereales y oleaginosas en las campañas 2006/07 y 2007/08 llegó a 31.013.605 hectáreas, cifras no directamente comparables con las anteriores, pero que dan cuenta de la magnitud de la expansión.
(*) Publicado en Perfil 7/9/2008
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